SECCION 23 >
PROBLEMAS DE SALUD EN LA INFANCIA
CAPITULO 253
Infecciones de los recién nacidos y de los
lactantes
El recién nacido puede contraer una
infección a través de su madre antes del parto o durante
el mismo. Después del nacimiento, el origen de la infección
del recién nacido suele estar en la guardería del hospital.
Al nacer, el bebé pasa de un medio estéril,
dentro del útero de la madre, a otro lleno de microorganismos.
Lo normal es que algunos de estos microorganismos comiencen a crecer
en el bebé. En efecto, la digestión normal depende de
la presencia de ciertas bacterias que viven en el intestino durante
la primera infancia. Además, algunos microbios presentes en el
ambiente pueden causar enfermedades. Los bebés prematuros son
especialmente vulnerables a ciertas bacterias perjudiciales porque su
sistema inmune no está desarrollado aún. Además,
deben ser sometidos a más tratamientos y procedimientos que otros
bebés y, por lo tanto, corren mayores riesgos de contraer infecciones.
Conjuntivitis
La conjuntivitis del recién nacido (conjuntivitis
neonatal, oftalmía neonatal) es una infección de la membrana
que rodea los párpados y la parte visible del ojo.
En la mayoría de los casos, la conjuntivitis
neonatal se contrae al atravesar el canal del parto y los organismos
responsables son, en general, las bacterias que habitualmente habitan
en la vagina. Las Clamydia, un tipo de bacteria pequeña, constituyen
la causa más frecuente de conjuntivitis neonatal. Sin embargo,
también pueden causarla otras bacterias, particularmente el Streptococcus
pneumoniae, el Hemophilus influenzae, y la Neisseria gonorrhoeae (bacteria
que causa gonorrea). Lo mismo sucede con los virus. El herpes simple
es la causa vírica más frecuente.
Síntomas y diagnóstico
La conjuntivitis causada por Clamydia habitualmente
se desarrolla entre 5 y 14 días después del nacimiento.
La infección puede ser leve o grave y puede producir pequeñas
o grandes cantidades de pus. La conjuntivitis causada por otras bacterias
puede comenzar de 4 a 21 días después del nacimiento y
puede o no producirse pus. El virus del herpes simple puede infectar
sólo el ojo, o tanto el ojo como otras partes del cuerpo. En
casos graves, puede desarrollarse una infección potencialmente
mortal que afecta a todo el cuerpo y el cerebro. La conjuntivitis causada
por la bacteria de la gonorrea aparece entre 2 y 5 días después
del nacimiento, o incluso antes si las membranas se rompieron prematuramente
y la infección tuvo tiempo de comenzar antes del parto.
Habitualmente, sea cual sea la causa, los párpados
y la parte blanca de los ojos (conjuntiva) del recién nacido
se inflaman mucho. Cuando se separa el párpado puede verse la
salida de pus. Si el tratamiento se retrasa, se pueden formar llagas
en la córnea que dañan la vista de forma permanente. Para
identificar el organismo infeccioso, el médico extrae una muestra
de pus y la examina al microscopio o bien realiza un cultivo.
Prevención y tratamiento
Para prevenir la conjuntivitis sistemáticamente
se instila nitrato de plata, eritromicina o bien un ungüento o
gotas de tetraciclina en los ojos del recién nacido. Ninguno
de estos medicamentos, sin embargo, es siempre capaz de prevenir la
conjuntivitis por Clamydia. Si la madre del recién nacido tiene
gonorrea, el niño recibe una inyección del antibiótico
ceftriaxona para prevenir la infección gonorreica en los ojos
y en cualquier otra parte del cuerpo.
Para tratar la conjuntivitis bacteriana se aplica
un ungüento con polimixina y bacitracina, eritromicina o tetraciclina
sobre los ojos. Debido a que al menos la mitad de los niños con
conjuntivitis por Clamydia también presenta una infección
del mismo tipo en otra parte del organismo, la eritromicina se suele
administrar por vía oral. La conjuntivitis causada por el virus
del herpes simple se trata con gotas o ungüento de trifluridina
y con idoxuridina en pomada. También se le administra el fármaco
antivírico aciclovir, por si el virus ya se ha expandido hacia
el cerebro y otros órganos o está a punto de hacerlo.
Los ungüentos con corticosteroides no son utilizados en los recién
nacidos porque pueden empeorar gravemente las infecciones por Clamydia
y las causadas por el virus del herpes simple.
Sepsis
La sepsis del recién nacido (sepsis neonatorum)
es una infección bacteriana grave que se propaga por todo el
cuerpo durante el primer mes de vida.
La sepsis afecta a menos del uno por ciento de los
recién nacidos, pero es responsable del 30 por ciento de las
muertes producidas durante las primeras semanas de vida. La infección
bacteriana es cinco veces más frecuente en los recién
nacidos que pesan menos de tres kilogramos, que en los nacidos a término,
con peso normal. La sepsis afecta al doble de niños que de niñas.
Las complicaciones durante el nacimiento, como la rotura prematura de
las membranas, una hemorragia o una infección en la madre, exponen
al recién nacido a un mayor riesgo de contraer este tipo de infección.
Síntomas
En más de la mitad de los casos la sepsis
comienza aproximadamente 6 horas después del nacimiento y dentro
de las 72 horas en la gran mayoría. La sepsis que comienza a
los 4 días del nacimiento, o con posterioridad a este período,
es probablemente una infección contraída en la maternidad
del hospital (infección nosocomial).
El recién nacido con una sepsis suele estar
apático, no succiona con energía, tiene una frecuencia
cardíaca lenta y una temperatura corporal fluctuante (baja o
alta). Otros síntomas incluyen dificultades respiratorias, convulsiones,
nerviosismo, ictericia, vómitos, diarrea e hinchazón del
abdomen.
Los síntomas dependen del lugar en que se
ha originado la infección y hacia dónde se ha extendido.
Por ejemplo, la infección del muñón del cordón
umbilical (onfalitis) puede causar una salida de pus por el mismo o
una hemorragia umbilical. La infección de la membrana que recubre
el cerebro (meningitis) o un absceso cerebral pueden causar coma, convulsiones,
encorvamiento y rigidez de la espalda o abombamiento de las fontanelas
sobresalientes (los dos espacios blandos localizados entre los huesos
del cráneo). La infección de un hueso (osteomielitis)
puede limitar el movimiento del brazo o la pierna afectados. La infección
de las articulaciones puede causar hinchazón, calor, enrojecimiento
y dolor sobre la misma. La infección del revestimiento interno
del abdomen (peritonitis) puede causar una hinchazón del abdomen
y diarrea con sangre.
Diagnóstico
El organismo que causa la infección puede
identificarse tomando muestras de sangre y cultivando una muestra de
tejido de cualquier parte del cuerpo que esté claramente infectada.
Determinadas pruebas de análisis de anticuerpos pueden ayudar
a identificar el organismo. También se examina microscópicamente
y cultiva una muestra de orina en busca de bacterias. Si el médico
sospecha que la persona puede tener meningitis se extrae líquido
de la médula espinal (punción lumbar). También
pueden tomarse muestras de los oídos y del estómago para
examinarlas microscópicamente.
Pronóstico y tratamiento
La sepsis del recién nacido se trata con
antibióticos que se administran por vía intravenosa. El
tratamiento comienza antes de tener los resultados de los análisis
de laboratorio, los cuales determinarán más tarde si es
necesario cambiar de antibiótico. En casos poco frecuentes, el
bebé también puede recibir un preparado de anticuerpos
o glóbulos blancos purificados.
A pesar de los antibióticos modernos y el
cuidado intensivo, el 25 por ciento o más de los recién
nacidos con sepsis muere. El índice de mortalidad es dos veces
más alto en los recién nacidos prematuros pequeños
que en los nacidos a término y con peso normal.
Neumonía
La neumonía es una infección pulmonar
a raíz de la cual los pulmones se llenan de líquido, produciéndose
dificultades respiratorias.
La neumonía de los recién nacidos
suele comenzar cuando la rotura prematura de las membranas hace que
se produzca la infección del líquido amniótico
(amniotitis). El feto está rodeado de líquido amniótico
infectado y puede aspirar líquido en sus pulmones. De este modo
contrae la neumonía, en ocasiones con sepsis. La neumonía
también puede aparecer incluso semanas después del nacimiento,
sobre todo en los bebés con respiración asistida por un
respirador artificial.
Síntomas
En el momento del nacimiento los síntomas
pueden variar desde una respiración rápida hasta un distrés
respiratorio acompañado de una presión arterial extremadamente
baja (shock séptico). Cuando la neumonía se produce después
del parto, los síntomas pueden comenzar de forma gradual. Si
sucede cuando el bebé está respirando con la ayuda de
un respirador artificial, el médico puede notar que por un tubo
respiratorio colocado en la tráquea se aspira una mayor cantidad
de secreciones y que el pequeño necesita cada vez más
ayuda para respirar. Sin embargo, a veces, el bebé enferma de
forma repentina, con oscilaciones de la temperatura, que sube y baja.
Diagnóstico y tratamiento
El médico sospecha que se trata de una neumonía
si aparecen síntomas en un bebé nacido después
de una rotura prematura de las membranas. Se envían muestras
de sangre y secreciones de las vías respiratorias al laboratorio
para su cultivo. También se determina el número de glóbulos
blancos y plaquetas a partir de una muestra de sangre. Se pueden realizar
radiografías de tórax y a veces se toma una muestra de
líquido de la médula espinal mediante una punción
(punción lumbar) que se envía igualmente al laboratorio
para su cultivo.
La neumonía se trata con antibióticos
por vía intravenosa. El tratamiento se inicia lo antes posible.
La elección del antibiótico puede modificarse una vez
que las pruebas de laboratorio han identificado el tipo específico
de bacteria responsable de la enfermedad.
Meningitis
La meningitis es una inflamación de las membranas
que rodean el cerebro como consecuencia de una infección bacteriana.
La meningitis afecta a 2 de cada 10 000 recién
nacidos a término y con peso normal y a 2 de cada 1 000 recién
nacidos con bajo peso. Los niños se ven afectados más
a menudo que las niñas. En la mayoría de los casos, la
meningitis de un recién nacido es una complicación de
la sepsis (la infección de la sangre se extiende hasta el cerebro).
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas de la meningitis consisten en
fiebre o una temperatura corporal anormalmente baja, dificultades respiratorias,
ictericia, somnolencia, convulsiones, vómitos e irritabilidad.
En aproximadamente el 25 por ciento de los recién nacidos afectados,
la mayor presión del líquido alrededor del cerebro puede
hacer que las fontanelas (las partes blandas localizadas entre los huesos
del cráneo) abulten o se noten tensas al tacto. En aproximadamente
el 15 por ciento de los casos el cuello del bebé puede estar
rígido debido al dolor que le provoca el mover la cabeza. Los
nervios que controlan algunos movimientos oculares y faciales pueden
resultar dañados, haciendo que un ojo se desvíe hacia
dentro o hacia fuera, o que la expresión facial se deforme (no
sea simétrica).
Es posible que se acumule pus (abscesos) dentro
del cerebro del bebé. A medida que éstos crecen, aumenta
la presión sobre el cerebro, lo que produce vómitos, agrandamiento
de la cabeza y abombamiento de las fontanelas. Un repentino empeoramiento
de estos síntomas indica la rotura de un absceso dentro del espacio
que rodea al cerebro, lo cual hace que la infección se extienda.
El médico diagnostica meningitis bacteriana
examinando una muestra de líquido cefalorraquídeo (de
la médula espinal) y enviándola al laboratorio para su
cultivo. Dicha muestra se obtiene por punción a través
de la columna vertebral (punción lumbar). Puede realizarse una
ecografía o bien una tomografía axial computadorizada
(TC) para determinar si existe un absceso responsable de la meningitis.
Pronóstico y tratamiento
Se aplican grandes dosis de antibióticos
por vía intravenosa para eliminar lo antes posible las bacterias
del líquido cefalorraquídeo. El médico escoge el
antibiótico en función del tipo de bacterias que causan
la meningitis, lo cual se determina mediante las pruebas de laboratorio.
Incluso con los tratamientos modernos, el 30 por
ciento de los bebés afectados de meningitis bacteriana muere.
Cuando se produce un absceso cerebral, el índice de mortalidad
se acerca al 75 por ciento. De los bebés que sobreviven, del
20 al 50 por ciento presenta lesiones cerebrales y de los nervios, como
un agrandamiento de los ventrículos (hidrocefalia), sordera y
retraso mental.
Listeriosis
La listeriosis es una infección causada por
la bacteria Listeria, que puede contraerse a partir de la madre antes
o durante el parto, o después del nacimiento en la maternidad.
Aunque la listeriosis puede causar una enfermedad
parecida a la gripe con ausencia de síntomas en la madre, puede
resultar mortal para un feto o un bebé. El líquido amniótico
puede infectarse y es frecuente que se produzcan nacimientos prematuros,
que el bebé nazca muerto o que se desarrolle una infección
en el flujo sanguíneo del recién nacido (sepsis). Los
síntomas pueden comenzar al cabo de algunas horas o días
después del nacimiento o bien después de varias semanas.
Se trata con antibióticos, como ampicilina y gentamicina.
Para evitar la listeriosis de su bebé, la
embarazada debe evitar los productos lácteos no pasteurizados,
así como las verduras crudas que han sido abonadas con estiércol
de ganado vacuno u ovino. Estos productos pueden estar contaminados
con bacterias del tipo Listeria.
Rubéola congénita
La rubéola congénita es una infección
que se produce durante el embarazo por el virus que causa la rubéola
y que puede derivar en un aborto, muerte fetal o anomalías congénitas.
Se cree que la rubéola se transmite al inhalar
las partículas víricas del aire o por mantener un estrecho
contacto físico con una persona infectada. El virus entra en
el flujo sanguíneo y se difunde hacia otras partes del cuerpo,
incluyendo la placenta en la embarazada. Si la infección se produce
durante las primeras 16 semanas de embarazo, sobre todo de las 8 a las
10 semanas, la mujer tiene del 40 al 60 por ciento de probabilidades
de abortar o tener un bebé con anomalías congénitas.
La infección producida en las primeras semanas puede causar defectos
cardíacos o de los ojos. Si aparece durante el tercer mes conlleva
de un 30 a un 35 por ciento de riesgo de anomalías congénitas,
como sordera o defectos cardíacos. El riesgo desciende a un 10
por ciento si la infección sucede durante el cuarto mes.
Las mujeres infectadas en el comienzo del embarazo
pueden recibir inmunoglobulina, a pesar de que su efectividad no está
totalmente probada. La vacunación contra la rubéola antes
del embarazo puede prevenir la rubéola congénita. Todas
las mujeres jóvenes que no han tenido la enfermedad deberían
vacunarse; sin embargo, deben esperar 3 meses antes de quedar embarazadas.
El número de bebés nacidos con rubéola congénita
ha descendido considerablemente desde que en 1 969 se creara una vacuna
contra la infección.
Herpes
El herpes simple del recién nacido es una
grave infección vírica que afecta a los órganos
más importantes (cerebro, hígado, pulmones) y suele causar
daño permanente o incluso la muerte.
El virus del herpes simple infecta a uno de cada
2 500 o 5 000 recién nacidos. El bebé puede resultar infectado
antes o después de nacer. Las madres de los recién nacidos
afectados de herpes simple no suelen saber que están infectadas
y no tienen ningún síntoma en el momento del parto.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas generalmente aparecen por primera
vez entre la primera y la segunda semana de vida, pero puede que no
aparezcan hasta la cuarta. La enfermedad puede comenzar con una erupción
cutánea formada por unas pequeñas ampollas llenas de líquido;
sin embargo, cabe señalar que el 45 por ciento de los recién
nacidos infectados no presenta esta erupción. Si no se inicia
el tratamiento, en un plazo de 7 a 10 días suelen presentarse
síntomas más graves como oscilaciones de la temperatura,
somnolencia o convulsiones debido a una infección cerebral, tono
muscular escaso, dificultades respiratorias, inflamación del
hígado (hepatitis) y coagulación de la sangre dentro de
los vasos sanguíneos.
El médico reconoce fácilmente que
se trata de una infección por herpes por las ampollas llenas
de líquido, pero existen otros síntomas que no son tan
específicos. La infección suele confirmarse enviando una
muestra del líquido de las ampollas al laboratorio para su cultivo.
Este proceso dura entre 24 y 48 horas. El virus también puede
identificarse en las muestras de orina, en las secreciones de los párpados
o de los orificios nasales y en la sangre o el líquido cefalorraquídeo.
Pronóstico y tratamiento
El 85 por ciento de los recién nacidos que
han desarrollado la enfermedad y que no reciben tratamiento fallecen.
Cuando la infección se limita a la piel, a los ojos y a la boca,
es muy raro que el bebé muera, pero alrededor del 30 por ciento
de ellos desarrolla alguna lesión cerebral o nerviosa, que puede
no resultar evidente hasta que cumplen los 2 o 3 años de edad.
El tratamiento con fármacos antivíricos,
como el aciclovir, administrados por vía intravenosa, disminuye
el índice de mortalidad al 50 por ciento y aumenta, en gran medida,
el número de bebés que se desarrollan con normalidad,
aun teniendo herpes. La infección de los ojos suele tratarse
con gotas o pomada de trifluridina y ungüento de idoxuridina.
Hepatitis
La hepatitis es una infección del hígado,
casi siempre provocada por el virus de la hepatitis B.
El origen más habitual de la hepatitis B
del recién nacido es la propia madre. El bebé se infecta
durante el parto y no durante el embarazo, porque el virus no atraviesa
fácilmente la placenta. Es difícil que su madre le contagie
después del parto.
Síntomas y diagnóstico
La mayoría de los recién nacidos con
virus de la hepatitis B desarrolla una infección crónica
del hígado (hepatitis crónica) que habitualmente no produce
síntomas hasta la edad adulta. Sin embargo, la infección
es grave, ya que una cuarta parte de los infectados finalmente muere
a causa de una enfermedad hepática. En algunos niños el
hígado puede agrandarse, se acumula líquido en el abdomen
(una enfermedad llamada ascitis) y la concentración de bilirrubina
en sangre puede ser elevada y producir ictericia.
Pronóstico y tratamiento
Se desconoce el pronóstico a largo plazo.
La infección por el virus de la hepatitis B en la infancia aumenta
el riesgo de contraer una enfermedad hepática con el paso de
los años, como hepatitis crónica activa, cirrosis y cáncer
de hígado.
Para detectar esta infección se hacen análisis
sistemáticos a las mujeres embarazadas. Como el bebé no
suele contagiarse hasta el momento del parto, el hijo de una madre infectada
puede recibir una inyección de inmunoglobulina contra la hepatitis
B dentro de las 24 horas posteriores al parto, antes de que la infección
se manifieste. Este tratamiento le protege. Al mismo tiempo, es inmunizado
con la vacuna de la hepatitis B con el fin de brindarle protección
a largo plazo.
La lactancia no parece incrementar de forma significativa
el riesgo de la hepatitis B, en particular si el bebé recibió
tanto la inmunoglobulina como la vacuna. Sin embargo, si la madre tiene
los pezones con heridas u otro trastorno mamario, es posible que al
amamantar al bebé le transmita el virus.
Los recién nacidos con hepatitis crónica
asintomática no reciben ningún tratamiento. Los lactantes
con síntomas de hepatitis reciben una atención especial
según la gravedad de los mismos.
Infección por citomegalovirus
La infección por citomegalovirus es una enfermedad
vírica que puede causar lesiones cerebrales o incluso la muerte
del recién nacido.
El citomegalovirus puede ser adquirido antes del
nacimiento o a cualquier edad después de éste. Uno de
cada 50 a 500 recién nacidos resulta infectado por citomegalovirus
antes de nacer. Se cree que este virus proviene de la madre y atraviesa
la placenta. Si la madre se infecta durante la primera mitad del embarazo,
la infección del feto tiende a ser más grave.
Tras el parto, el recién nacido puede infectarse
por citomegalovirus al ingerir leche materna infectada o bien al recibir
sangre contaminada en una transfusión. La mayoría de los
bebés nacidos a término de madres infectadas no presenta
síntomas y los que son amamantados están protegidos por
los anticuerpos que posee la leche. Los bebés prematuros que
no son amamantados y que reciben una transfusión de sangre contaminada
pueden infectarse gravemente porque no tienen anticuerpos contra este
virus.
Síntomas y diagnóstico
El 10 por ciento aproximadamente de los bebés
nacidos con infección por citomegalovirus presenta síntomas
al nacer, que incluyen peso escaso, nacimiento prematuro, cabeza pequeña,
ictericia, pequeñas magulladuras, bazo e hígado agrandados,
depósitos de calcio en el cerebro e inflamación del interior
de los ojos. Alrededor del 30 por ciento de estos bebés fallece.
Más del 90 por ciento de los que sobreviven y el 10 por ciento
de los que no presentan síntomas al nacer desarrolla anomalías
nerviosas y cerebrales con posterioridad, como sordera, retraso mental
y visión anormal. Un niño infectado por citomegalovirus
después del nacimiento puede contraer una neumonía, sufrir
agrandamiento e inflamación del hígado y presentar un
aumento del tamaño del bazo.
El médico habitualmente puede diagnosticar
una infección por citomegalovirus en la madre realizando un análisis
de anticuerpos. Muchas mujeres que se infectan por citomegalovirus durante
el embarazo no presentan síntomas, pero algunas desarrollan una
enfermedad similar a la mononucleosis infecciosa. En el bebé,
el diagnóstico suele confirmarse realizando un cultivo del virus
a partir de una muestra de orina o de sangre.
Prevención y tratamiento
Las mujeres embarazadas siempre deben lavarse bien
las manos después de haber tocado la orina o las secreciones
nasales y bucales de estos niños, ya que la infección
por citomegalovirus es frecuente entre los niños que permanecen
en guarderías. En la actualidad se está desarrollando
una vacuna contra este virus.
La infección por citomegalovirus del bebé
no puede ser curada. A pesar de que las infecciones de los adultos se
suelen tratar con el fármaco antivírico ganciclovir, éste
tiene graves efectos colaterales. Su administración en el recién
nacido se está estudiando.
Toxoplasmosis congénita
La toxoplasmosis congénita es una infección
que se produce durante el embarazo causada por el parásito Toxoplasma
gondii, que pasa de la madre al feto.
El organismo Toxoplasma gondii existe en todo el
mundo e infecta aproximadamente entre 1 y 8 recién nacidos de
cada 1 000. Alrededor de la mitad de las mujeres infectadas durante
el embarazo tienen un hijo con toxoplasmosis congénita. El riesgo
de que el feto se infecte es mayor si la mujer contrae la infección
al final del embarazo, pero la enfermedad es generalmente más
grave si el feto se infecta al comienzo de la gestación.
El Toxoplasma infecta a los gatos y los huevos del
parásito pasan a las defecaciones de estos animales. Los huevos
tienen capacidad de infectar durante muchos meses. Las mujeres pueden
infectarse al manejar los recipientes en los que defecan los gatos u
otro material contaminado con heces de este animal. Comer alimentos
mal cocidos (carnero, cerdo o carne vacuna) también puede provocar
la infección.
Síntomas y diagnóstico
Por lo general, las mujeres embarazadas y los recién
nacidos que están infectados por toxoplasmosis no presentan síntomas.
Sin embargo, el feto puede crecer en el útero de forma muy lenta
y nacer prematuramente. El bebé puede tener la cabeza pequeña,
ictericia, el hígado y el bazo agrandados, inflamación
del corazón, de los pulmones o de los ojos, erupciones, una presión
del líquido cefalorraquídeo elevada debido a un incremento
de la cantidad del mismo que rodea el cerebro o a la presencia de depósitos
de calcio en el cerebro, y convulsiones.
Algunos bebés que presentan estos síntomas
enferman gravemente y mueren poco después. Otros presentan lesiones
permanentes, incluyendo inflamación del interior del ojo (coriorretinitis),
retraso mental, sordera y convulsiones. Estas anomalías pueden
aparecer años más tarde en los niños que parecían
sanos al nacer.
Para diagnosticar la toxoplasmosis se realizan análisis
de sangre, tanto en la madre como en el bebé. En los bebés
también se realizan radiografías de la cabeza, análisis
del líquido cefalorraquídeo y una completa revisión
ocular. En el momento del nacimiento, el médico puede examinar
la placenta para comprobar si está infectada.
Prevención y tratamiento
Las mujeres que están embarazadas o que pueden
estarlo deben evitar el contacto con las cajas de los gatos y otras
zonas contaminadas con heces de estos animales. Los alimentos deben
cocerse completamente para destruir los posibles parásitos y
es necesario lavarse las manos después de manipular la carne
cruda o los alimentos que no han sido lavados.
La transmisión de la infección al
feto puede prevenirse si la madre toma el fármaco espiramicina.
En una etapa más avanzada del embarazo, si el feto está
infectado, puede tomar pirimetamina y sulfonamidas. Los recién
nacidos con esta enfermedad que presentan síntomas son tratados
con pirimetamina, sulfadiacina y ácido folínico. Los bebés
que presentan algún tipo de inflamación también
pueden ser tratados con corticosteroides.
Sífilis congénita
La sífilis congénita es una enfermedad
infecciosa causada por la bacteria Treponema pallidum, que se transmite
de la madre al feto.
Una embarazada con sífilis tiene alrededor
de un 60 a un 80 por ciento de probabilidades de infectar al feto. La
sífilis suele transmitirse cuando se encuentra en su primera
fase y no ha sido tratada, pero no ocurre lo mismo con la latente o
la que se halla en su última fase.
Síntomas y diagnóstico
Un recién nacido con sífilis puede
tener grandes ampollas llenas de líquido o una erupción
plana de color cobrizo en las palmas de las manos y las plantas de los
pies, con bultos alrededor de la nariz y la boca, así como en
la zona del pañal. Por lo general se observa un agrandamiento
de los ganglios linfáticos, del hígado y del bazo. El
bebé puede no crecer bien y tener un aspecto de anciano,
con hendiduras alrededor de la boca. Puede salirle moco, pus o sangre
por la nariz. Algunos bebés pueden desarrollar una inflamación
de las membranas que rodean el cerebro (meningitis) o del ojo (coroiditis).
Estos bebés pueden tener convulsiones y la presión dentro
del cerebro puede incrementarse de tal manera que ocasione un agrandamiento
de los espacios que contienen líquido (hidrocefalia). Otros niños
pueden sufrir retraso mental. En los tres primeros meses de vida, la
inflamación de los huesos y los cartílagos puede causar
un cuadro donde aparezca parálisis de los brazos y las piernas
del bebé.
Muchos niños con sífilis congénita
permanecen en la fase latente de la enfermedad durante toda su vida
y nunca presentan ningún síntoma. Otros, finalmente, presentan
síntomas, como llagas (úlceras) dentro de la nariz y el
paladar. Pueden aparecer bultos redondeados (protuberancias) en los
huesos de las piernas y en el cráneo. La infección del
cerebro no suele provocar síntomas en la niñez, pero con
el tiempo puede quedar sordo o ciego. Los dientes incisivos pueden tener
forma puntiaguda (dientes de Hutchinson).
Los síntomas característicos constituyen
una base importante para el diagnóstico. El médico confirma
el diagnóstico examinando al microscopio una muestra de la erupción,
de las ampollas o de la mucosidad nasal y solicitando pruebas de anticuerpos.
Prevención y tratamiento
La sífilis congénita se puede prevenir
casi por completo inyectando penicilina a la madre durante el embarazo.
Sin embargo, el tratamiento en la última etapa del embarazo no
revierte totalmente las anomalías que ya pueda haber sufrido
el feto. Después de nacer, el bebé afectado también
es tratado con penicilina.
El tratamiento puede causar una reacción
grave (reacción de Jarisch-Herxheimer) en la madre y puede hacer
que el bebé nazca muerto. Esta reacción suele ser leve
en los recién nacidos.
Tuberculosis
La tuberculosis es una infección persistente
causada por el Mycobacterium tuberculosis, que afecta a diversos órganos,
pero particularmente los pulmones.
Un feto puede contraer tuberculosis a través
de su madre antes de nacer, al respirar o tragar líquido amniótico
infectado antes o durante su nacimiento, o después de nacer,
al respirar aire con microgotas infectadas. Alrededor de la mitad de
los hijos de madres afectadas de tuberculosis activa desarrolla la enfermedad
durante el primer año de vida si no reciben tratamiento con antibióticos
o si no se les vacuna.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas de tuberculosis en el recién
nacido incluyen fiebre, somnolencia y dificultades respiratorias. Pueden
aparecer otros síntomas dependiendo de si la infección
está extendida o no. El hígado y el bazo pueden aumentar
de tamaño ya que estos órganos filtran las bacterias de
la tuberculosis, lo que causa la activación de los glóbulos
blancos en estos territorios. El bebé puede crecer muy poco y
no aumentar de peso (falta de progresión en el desarrollo).
A las embarazadas se les practica sistemáticamente
una prueba cutánea para detectar la presencia de tuberculosis
(prueba de tuberculina). Si se observa una reacción positiva,
se debe realizar una radiografía de tórax.
A los niños cuyas madres les ha dado positiva
la prueba de tuberculina también se les practica este análisis.
Sin embargo, algunos niños tienen falsos resultados negativos.
Si se sospecha de una tuberculosis, se envían al laboratorio
muestras de líquido cefalorraquídeo y de líquido
de los conductos respiratorios y del estómago para su cultivo.
Una radiografía del tórax suele mostrar si los pulmones
están infectados. Puede ser necesario realizar una biopsia del
hígado, de algún ganglio linfático o de los pulmones
y de la membrana que los rodea (pleura) para confirmar el diagnóstico.
Prevención y tratamiento
Si una embarazada presenta una prueba de tuberculina
positiva, pero no tiene síntomas y la radiografía del
tórax es normal, debe tomar el fármaco isoniacida por
vía oral, ya que habitualmente es el único tratamiento
que se necesita para curar la enfermedad. Sin embargo, para empezar
dicho tratamiento suele esperarse hasta el último trimestre de
embarazo o hasta después del parto, porque el riesgo de lesión
hepática por este fármaco en la mujer es más alto
durante el embarazo.
Si una mujer embarazada tiene síntomas de
tuberculosis, se le administran los antibióticos isoniacida,
pirazinamida y rifampina. Si se sospecha de una variedad de tuberculosis
resistente, pueden administrarse otros fármacos adicionales.
Aparentemente, todos estos fármacos no dañan al feto.
La madre infectada es aislada de su bebé hasta que deja de ser
contagiosa. El bebé recibe isoniacida como medida preventiva.
El recién nacido también puede ser
vacunado con la vacuna BCG. Ésta no necesariamente previene la
enfermedad pero, en general, reduce su gravedad. Como la vacuna BCG
no es efectiva al cien por cien, en algunos países no se aplica
de forma sistemática ni a los niños ni a los adultos.
Una vez que una persona ha sido vacunada, siempre le darán positivo
las pruebas de tuberculosis, por lo que no se podrá detectar
una nueva infección. Sin embargo, a pesar de ello, en muchos
países con un alto índice de tuberculosis se aplica la
vacuna BCG de forma sistemática.
Un bebé con tuberculosis recibe tratamiento
con los antibióticos isoniacida, rifampicina y pirazinamida.
Si el cerebro también se ve afectado, pueden administrársele
corticosteroides al mismo tiempo.
Diarrea infecciosa aguda
La diarrea infecciosa aguda es la expulsión
frecuente de heces líquidas y amorfas como resultado de una infección.
La infección por bacterias o virus es la
causa más frecuente de la diarrea aguda en los bebés,
a pesar de que este trastorno puede tener muchas otras causas. Un bebé
puede resultar infectado si traga organismos mientras atraviesa el canal
del parto infectado o bien si es tocado por manos contaminadas. Otras
causas menos frecuentes son los artículos del hogar infectados
y los alimentos o los biberones contaminados. En algunas ocasiones la
infección puede producirse al inhalar organismos en suspensión
en el aire, especialmente durante brotes de infecciones víricas.
En las maternidades demasiado pobladas suelen producirse brotes de diarrea
infecciosa. La diarrea es más probable cuando la higiene es escasa
o cuando una familia numerosa con pocos recursos vive hacinada en un
espacio reducido. La diarrea infecciosa también es muy frecuente
en las guarderías.
Síntomas y diagnóstico
La infección puede causar diarrea súbita,
vómitos, sangre en las heces, fiebre, falta de apetito o inquietud.
En general, la diarrea produce deshidratación que, si es leve,
reseca la boca del bebé y si es moderada hace que la piel pierda
su consistencia. Los ojos y las fontanelas (las partes blandas que se
encuentran en la parte superior de la cabeza) pueden deprimirse. La
deshidratación grave, que puede producirse rápidamente,
pone en peligro la vida del bebé y, por lo general, provoca una
considerable caída en la presión arterial (shock).
La diarrea puede causar la pérdida de líquido
y electrólitos, como sodio y potasio, lo cual puede provocar
somnolencia o irritación en el bebé o, aunque es más
raro, anomalías en la frecuencia cardíaca o hemorragia
cerebral.
Los valores de electrólitos y el número
de glóbulos blancos, que aumenta durante una infección
bacteriana, se determinan mediante un análisis de sangre. El
médico intenta identificar el organismo que causa la diarrea
realizando un examen microscópico de una muestra de materia fecal
y enviando otras al laboratorio para su cultivo.
Tratamiento
El primer paso, y el más importante, en el
tratamiento del bebé consiste en reemplazar el líquido
y los electrólitos perdidos a causa de la diarrea y los vómitos.
Si el pequeño está muy enfermo, los líquidos suelen
administrarse por vía intravenosa en el hospital. En casos más
leves, el bebé puede beber cualquiera de los preparados comerciales
que están disponibles en la actualidad. Es muy importante que
toda persona que toque al bebé se lave cuidadosamente las manos
para evitar contagiar la infección.
Se continúa con la lactancia para evitar
la desnutrición y mantener la producción de leche en la
madre. Si el bebé no se alimenta con leche materna debe tomar
leche preparada sin lactosa en cuanto se haya corregido la deshidratación.
Pocos días después puede ofrecérsele gradualmente
la papilla habitual, pero si la diarrea reaparece, es necesario utilizar
la papilla sin lactosa durante varias semanas.
A pesar de que la diarrea infecciosa aguda puede
ser causada por bacterias, por lo general no se necesitan antibióticos,
porque suele desaparecer sin tratamiento. No obstante, algunas infecciones
se tratan con antibióticos para evitar que se propaguen más
allá del intestino. De todos modos, la administración
de medicamentos para detener la diarrea realmente puede dañar
al bebé, ya que éstos evitan que el cuerpo elimine los
organismos infecciosos a través de las deposiciones.